viernes, 18 de julio de 2014

Las lecciones de amor de Jaume Vallcorba (Acantilado) a un joven editor


 El último informe de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) no habla del amor. Ni de cómo mantener incorrupta la pasión por los libros, a pesar de la debacle, de las ventas en picado, de la falta de solución para remontar el batacazo, de la facturación dramática en un país empobrecido, ni del libro convertido en un objeto de lujo. El amor en tiempos del cólera lo pone el profesor Jaume Vallcorba, el editor más elegante de este país, desde que en 1999 fundara la editorial Acantilado.
Hace unos días hizo llegar una conferencia a los editores del futuro, que se forman en el Instituto de Educación Contínua de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, en el marco de clausura del Máster de Edición, que dirige Javier Aparicio Maydeu, donde el maestro esboza su legado en forma de código de buenas prácticas del editor sin fisuras. El texto al que este periódico ha tenido acceso contiene las claves de la supervivencia de un oficio, en las que no oculta los peligros a los que el propio sector ha arrastrado a su amada tarea.
UNO: EDITAR ES AMAR
La última palabra de Jaume Vallcorba escrita en su conferencia es la mayor lección de todas: “amor”. El amor es irrenunciable para el editor. No hay nada que se le interponga, que le distraiga de sus tareas, que le haga perder su tesón y su voluntad, al menos en aquellos editores cuya voluntad es la de crear libros que acompañen toda una vida, no unas paradas de metro. El amor por sus autores está por encima de todo, para conseguir de ellos “el máximo de sus posibilidades”. “Ayudarle a mejorar, créanme, no significa adaptar el texto a los gustos imperantes, en aras de una mayor popularidad o una mayor venta, sino ayudar a limar las asperezas que lo afean o lo desfiguran”. Con ellos en los aciertos y en los éxitos, en los errores y los fallos. El amor no se agota nunca. Ni siquiera treinta años después.
DOS: UN EDITOR TIENE RESPONSABILIDADES
Y no sólo con su empresa. Sobre todo, con la sociedad en la que interviene. Para Vallcorba un editor debe asumir ciertas responsabilidades, porque de su oficio deriva la construcción de una personalidad, ya sea individual o social. El editor tiene alcance al pensamiento humano, dice. “Editar, ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. Estoy convencido de que un libro es capaz de modificar a su lector por el simple hecho de haberlo leído; que puede cambiar, en el lector, algo importante”. Nadie es la misma persona antes y después de la lectura.
TRES: LAS VENTAS NO LO SON TODO
De hecho, si el libro no tiene ningún atractivo, aún con muchas ventas, “se verá fuera del ámbito personal de interés y actuación de un editor tal como yo lo concibo”. Y lo concibe como un oficio en el que confluye el trabajo intelectual y artesanal, desde la idea a la publicitación, distribución y venta. Vallcorba nunca ha renunciado al “tino empresarial”, ni a la visibilidad del libro. Porque “sin visibilidad, no hay existencia”.
CUATRO: UN TRABAJO INVISIBLE Y TRANSPARENTE
El editor está escondido tras las páginas, se hace “invisible” y “transparente”. “Me habrán oído decir que creo que un libro debe ser como una pantalla cinematográfica, en la que la acción se desarrolle sin que ésta sea percibida: una errata, una mala traducción, una mala edición, una mala tipografía son manchas en esa pantalla”. Vallcorba recomienda que sólo en un punto el libro y el editor deben hacerse visibles: en la librería, compitiendo con el resto de novedades. Ojo con el diseño: “Creo que un libro, más que llamar la atención por su estridencia, lo debe hacer por su silencio”.
CINCO: EL CATÁLOGO ES UN GRUPO DE AMIGOS
El marco al que se refiere Vallcorba es el catálogo, donde se relacionan autores que entran en diálogo. “Lo más importante será el grado de sintonía, la amistad que pueden establecer los libros entre ellos, fruto de esa simpatía espiritual que habrá sabido poner de relieve su editor”. “Con los libros pasa lo mismo que con las personas. Y no es lo mismo encontrar a Stefan Zweig por la calle en compañía de cualquiera que en la de Joseph Roth, que fue un amigo cercano en vida, o en la de Chateaubriand, con quien dialogo desde la distancia en el mundo del espíritu”.
Con ser un clásico no basta, asegura. El autor necesita de sus amigos, necesita sentirse a sus anchas en una conversación civilizada. “Es esa conversación la que ayuda a construir un marco y la que da forma a cualquier catálogo editorial”. El editor es el responsable de su coherencia, de las amistades, es la persona responsable de poner en contacto a autores en común, con lectores que se reconozcan de golpe en ellos.
SEIS: EL DESIERTO ES INTERNET
“El mejor de los libros puede hacerse invisible a sus hipotéticos lectores sin el trabajo fundamental que sobre él debe ejercer su editor. Cada día aparece un número indeterminado de libros nuevos, algunos de ellos verdaderamente valiosos, que son destruidos al cabo de un tiempo por una guillotina implacable. Y muchos otros que aparecen colgados en internet, como ahorcados mecidos por el viento, sin que nadie les preste atención. Lo infinito de internet se asemeja peligrosamente al desierto. A un desierto estéril”, dice. ¿Los hay fértiles? El énfasis contra la autoedición le hace redundar al editor, que define su tarea como salvador de libros interesantes al darles un marco.
SIETE: MEJOR EL PAPEL
Como la forma cuenta en la configuración del marco, “una manera de subrayar esta comunión, sin duda, reside en el aspecto que adquiere el objeto en el que el libro toma cuerpo”. “Es quizás por esto que soy tan poco amigo de las pantallas electrónicas”. Vallcorba subraya la importancia de la forma que toman los libros de una editorial como “algo fundamental”. Hacer lo contrario, hacer cada libro distinto a los demás, tender al pelotazo puntual y la desintegración de la imagen de colección, es “darle un protagonismo material, es tender a lo excéntrico y a lo raro”. Es una de las claves del éxito comercial, pero “privarlo de estar en una sala en conversación con sus potenciales amigos”.

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viernes, 4 de julio de 2014

Fragmentos reunidos de la cultura estadounidense

 

  Con pulso de artesano, Sherwood Anderson narra la vida de un pueblo norteamericano de principios del siglo XX, en donde las fantasías ocultas, la religión y la concepción del trabajo son algunos de sus ejes.Eterna Cadencia acaba de editar Winesburg, Ohio, título que dejó una marca en la historia de la literatura estadounidense. Se trata de un libro relevante no tanto por ser uno de esos clásicos leídos, conocidos y repetidos por todos, sino, en todo caso, por ser parte del caudal inicial que moldeó la escritura de autores como Faulkner y Hemingway. Publicada originalmente en 1919 la ¿novela? de Sherwood Anderson narra en 22 historias fragmentos de la vida y la obra de un grupo de personajes de Winesburg, pueblo de media o pequeña escala. En varios de los relatos Anderson utiliza como vehículo a uno de sus personajes, George Willard, reportero del Winesburg Eagle, y candidato a escritor, para recorrer el terreno e interactuar con el resto de los personajes. 

Uno de los mayores logros del libro es la sensación de cercanía que provoca Anderson entre sus personajes y el lector. Con sus operaciones consigue un efecto doble, por un lado narra la historia de estos pueblerinos y a la vez alumbra la intimidad, sus verdaderos deseos, como cuando enfoca a la madre de George: "Soñaba con unirse a alguna compañía y viajar por el mundo, viendo siempre caras nuevas, dando algo de ella a la gente", y se detiene en sus impulsos, en sus frustraciones, incluso en la idea de sacrificio: "Dios puede golpearme con sus puños. Recibiré cualquier golpe que pueda descargarse sobre mí con tal de que a mi hijo se le permita expresar algo en el nombre de los dos." Y la presencia de Dios no se restringe sólo a la vida de Elizabeth, reaparece en el libro en distintas maneras, como en el caso de Piedad, una historia en cuatro partes, relato en el que su protagonista, que padece un nivel enfermizo de ambición, conecta su presente con una serie de fantasías bíblicas, también vinculadas al sacrificio: "Debo poner la sangre del cordero en  la cabeza del chico", murmuró Jesse cuando los troncos habían empezado a arder con fuerza, y tomando un cuchillo largo de su bolsillo dio media vuelta y caminó velozmente hacia David." Y aunque Jesse no desea hacerle daño a su nieto no logra comunicar sus verdaderas intenciones, la idea de tributar un animal y agradar a Dios, sino que genera una sensación de peligro ante la persona que considera más importante en su vida.  
Anderson le confía al lector lo que permanece oculto para el resto de los habitantes de su libro, y esto construye un pacto de lectura intenso, con el paso de las páginas se es, a la vez, lector y confidente de los personajes. Y su prosa es fluida, incluso con pocas palabras describe momentos trascendencia, encuentra la revelación en cada historia. «

 

sábado, 28 de junio de 2014

LA REGIÓN MENOS TRANSPARENTE

libros

Escritor bisagra entre los padres fundadores y la generación de entreguerras de la narrativa norteamericana, Sherwood Anderson logró crear un universo propio, con personajes representativos del “hombre medio”, pero siempre aspirando a una fuga aventurera, ambientado en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Una nueva versión de su clásico Winesburg, Ohio y los cuentos de La chica de Nueva Inglaterra coinciden felizmente por estos días en las librerías locales.
Por Mariana Enriquez
El Medio Oeste de los Estados Unidos es una región enorme, poderosa económicamente y en general poco estimada, como si el corazón del país fuera monótono, tosco, menos interesante que las dos vistosas costas o el mitificado sur. El Medio Oeste ocupa doce estados: Illinois, Iowa, Indiana, Kansas, Michigan, Minnesota, Missouri, Nebraska, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Wisconsin y Ohio. Ahí están las ciudades de Chicago y Detroit; ahí vivieron los sioux, ahí nacieron Chuck Berry, Bob Dylan, Michael Jackson, Madonna, Henry Ford; es el rust-belt, el cordón industrial, y todavía es la región que da vuelta cualquier elección en Estados Unidos. Aun así, en el imaginario, el Medio Oeste aparece como una región polvorienta de fábricas, maíz y lagos helados, un lugar de donde escapar, un punto de partida.
La cuestión de clase tiene que ver con esta poca estima; también, la falsa idea de que el Medio Oeste no ha dado una literatura tan poderosa como la de otras regiones del país. Se trata de la región que ha dado el libro que encabezó la literatura moderna de los Estados Unidos: Winesburg, Ohio (1919) de Sherwood Anderson, texto bisagra entre los grandes padres –Melville, Hawthorne, Thoreau, Whitman– y los nombres fundacionales de Hemingway, Faulkner, Thomas Wolfe y F. S. Fitzgerald. Durante mucho tiempo, Winesburg, Ohio fue considerado un libro de cuentos; ahora los críticos prefieren reconocerlo por lo que es, una novela atomizada o, como define Luis Chitarroni en el prólogo de la nueva edición que acaba de publicar Eterna Cadencia, “una de las primeras narraciones fragmentarias”. A esta edición de Eterna Cadencia hay que agregarle la notable traducción de Natalia Moret. Winesburg, Ohio está libre de derechos y en 2010 había aparecido la edición de Acantilado con una también muy buena traducción de Miguel Temprano García, pero ésta tiene las muchas ventajas de lo local, desde la ausencia de ciertos giros castizos enojosos hasta, cuestión no menor, el precio.
Con su preámbulo activo (o “hall distribuidor”, dice Chitarroni), recurso técnico que luego sería usado por, entre otros, Ray Bradbury en Crónicas marcianas, en Winesburg, Ohio, Anderson recorre las vidas entrecruzadas de los habitantes del pueblo con el joven periodista George Willard como hilo conductor, un chico que empezará el libro como testigo de historias y ocasional escucha de las vidas ajenas y terminará, una vez muerta su madre, partiendo de Winesburg hacia el futuro (un movimiento muy propio de la narrativa del Medio Oeste, que a lo mejor debe su reputación a esa condición de ser el lugar de origen que debe dejarse atrás).
Winesburg, Ohio posiblemente tenga su origen e influencia directa en la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, publicada apenas algunos años antes, en 1915. Lee Masters era también de la región: nació en Kansas y trabajó casi toda su vida en Chicago. Anderson nació en Candem, Ohio, y pasó muchos años de su vida como hombre de negocios en el pueblo de Elyria y en Chicago, hasta que no soportó más esa vida y decidió dedicarse a la literatura y al periodismo. Su registro de “el hombre común”, su preferencia por el paisaje y la psicología por sobre la trama y el efecto de una prosa llana, despojada, de cronista, con momentos de intensidad lírica, cambiaron la literatura: en el futuro, la galería de personajes, el pueblo como microcosmos y el testigo que lo cuenta serían reinventados por Yonknapatawpha, Comala, Macondo, Santa María.
De los muchos personajes clásicos de este libro hay varios inolvidables: Wing Biddlebaum, el ex maestro acusado de abusar de chicos; el reverendo Curtis Hartmann, que espía a su vecina, la maestra que fuma desnuda y cree ver en la mujer un signo de Dios; el muy serio Seth Richmond, el misógino Wash Williams, el fanático religioso Jesse Bentley, que en su relato “Piedad. Una historia en cuatro partes” cuenta, también, los grandes cambios que la industrialización trajo a la región. Pero el más inolvidable es Alice Hindman, la protagonista de “Aventura”, la chica que espera al novio que no vuelve y una noche sale a correr por las calles, desnuda. Cuando vuelve a su casa y se mete en la cama, Alice “trató de afrontar con dignidad la idea de que mucha gente debe vivir y morir sola”.
La chica de Nueva Inglaterra. Sherwood Anderson Nórdica 223 páginas
“Aventura” es una palabra que se repite en Winesburg, Ohio; es una palabra que vuelve a aparecer en los relatos inéditos en castellano de La chica de Nueva Inglaterra (Nórdica), una colección de relatos tomada casi en su totalidad de The Triumph of the Egg (1921); de hecho, las únicas modificaciones respecto de este libro son dos relatos eliminados, “The Dumb Man” y “The Man with the Trumpet”. Anderson no volvió a tener un éxito como el de Winesburg, Ohio (su novela The Dark Laughter, de 1925, vendió mucho, pero hoy nadie la lee) y ninguno de sus otros libros fue rescatado por los lectores o los críticos. Quizá sea tiempo de revisitar a Sherwood Anderson: en La chica de Nueva Inglaterra hay relatos impresionantes. Uno de ellos es “Quiero saber por qué”, famoso porque Richard Ford dijo que le había disparado su vocación literaria a los 19 años y agregó: “Es el mejor relato que he leído en mi vida a propósito del universo de los caballos, mejor incluso que los del propio Faulkner”. “Quiero saber por qué” está contado en primera persona por un adolescente que ama a los caballos y va a la mítica carrera de Saratoga, en Kentucky, al sur de Ohio. Ahí conoce al entrenador de su caballo favorito y cree tener una conexión con él: la pureza de la relación entre el coach y el animal lo lleva a una epifanía. Una epifanía que será destrozada cuando siga al entrenador hasta un burdel y lo vea degradado y fanfarrón. Y entonces: “En las pistas, el aire ya no es el mismo, ya no huele tan bien, ese lugar ha perdido su encanto”. La aventura termina en desencanto y aparece el otro gran tema de Anderson, junto con la soledad y la inquietud: la pureza. O, mejor dicho, la dualidad de pureza y bajeza. “La chica de Nueva Inglaterra”, el cuento del título, recuerda a Alice y su “aventura”: la chica, Elsie, también termina desnuda, bajo una tormenta, en medio de un maizal en Iowa, preguntándose si la vida sólo tiene para ofrecerle una casa campesina, sus primos medio brutos, la soltería en el campo. “El huevo” es el relato que más recuerda a los hombres rotos de Winesburg, con un chico que cuenta los fracasos de su padre, un mal comerciante que cae en esfuerzos patéticos por levantar su triste restorán de ruta.
Winesburg, Ohio. Sherwood Anderson Eterna Cadencia 252 páginas
Hay un centro de silencio en estos personajes, en este paisaje, en estos relatos. En “Hermanos”, un relato episódico sobre el contraste del pueblo y la ciudad, Anderson dice que de la boca de un hombre sale “la historia de la soledad humana, el esfuerzo por atrapar la belleza inalcanzable”. Todos los personajes de Anderson, incluso los derrotados, están vencidos después de un enorme esfuerzo: la búsqueda de eso que llama vagamente “aventura”, que toma muchas formas (el deseo del amor, la felicidad, el progreso, la notoriedad y que rara vez, si alguna, se consigue). La chica de Nueva Inglaterra no tiene la forma admirable de Winesburg, Ohio, aunque hay aquí cuentos impresionantes, llenos de una tristeza sin nombre, pero de enorme e inabarcable presencia, como la región donde estos hombres y mujeres viven, y que los habita.


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"El absoluto literario" de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy (Eterna Cadencia). Por Francisco Jiménez de Cisneros .

Eterna Cadencia ha publicado El absoluto literario. Teoría de la literatura del romanticismo alemán de los franceses Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy. El absoluto literario es una de las más monumentales obras de la historia de la crítica literaria, una especie de biblia del romanticismo alemán, que permaneció, hasta hoy, inédita en español pese a que su versión original fuera publicada en Francia en 1978.
Surgido en Jena hacía el 1800 en torno a la revista Athenaeum y al grupo formado por los hermanos Schlegel, el romanticismo fue (más allá de representar una sensibilidad o un estilo) una teoría. Y constituyó, como señalan Lacoue-Labarthe y Nancy, el momento inaugural de la literatura como producción de su propia teoría y de la teoría que se piensa a sí misma como literatura, dando lugar a una época crítica.

El objetivo original de este libro fue dar a conocer los textos en los que se efectuó dicha operación, pero acompañándolos teóricamente. Por eso los autores proponen una lectura alternada de la producción del romanticismo y de algunos de sus trabajos sobre esos textos, que intenta no limitarse ni a su mero registro ni a su mera teorización.

De los doce textos del romanticismo incluidos (traducidos en esta edición directamente del alemán), diez se publican íntegramente (las excepciones son Lecciones sobre el arte y la literatura de August Schlegel y Filosofía del arte de Schelling). De este modo, esta edición ofrece una traducción doblemente cuidada, que trabaja desde los idiomas originales de los textos (francés y alemán, según corresponda).

En definitiva, pese a haber sido traducido por primera vez al español hace alrededor de dos años, El absoluto literario es considerado ya un clásico y una de las más destacadas colaboraciones de dos de los mayores exponentes del pensamiento francés contemporáneo.

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miércoles, 18 de junio de 2014

LA REGIÓN MENOS TRANSPARENTE




Escritor bisagra entre los padres fundadores y la generación de entreguerras de la narrativa norteamericana, Sherwood Anderson logró crear un universo propio, con personajes representativos del “hombre medio”, pero siempre aspirando a una fuga aventurera, ambientado en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Una nueva versión de su clásico Winesburg, Ohio y los cuentos de La chica de Nueva Inglaterra coinciden felizmente por estos días en las librerías locales.
El Medio Oeste de los Estados Unidos es una región enorme, poderosa económicamente y en general poco estimada, como si el corazón del país fuera monótono, tosco, menos interesante que las dos vistosas costas o el mitificado sur. El Medio Oeste ocupa doce estados: Illinois, Iowa, Indiana, Kansas, Michigan, Minnesota, Missouri, Nebraska, Dakota del Norte, Dakota del Sur, Wisconsin y Ohio. Ahí están las ciudades de Chicago y Detroit; ahí vivieron los sioux, ahí nacieron Chuck Berry, Bob Dylan, Michael Jackson, Madonna, Henry Ford; es el rust-belt, el cordón industrial, y todavía es la región que da vuelta cualquier elección en Estados Unidos. Aun así, en el imaginario, el Medio Oeste aparece como una región polvorienta de fábricas, maíz y lagos helados, un lugar de donde escapar, un punto de partida.
La cuestión de clase tiene que ver con esta poca estima; también, la falsa idea de que el Medio Oeste no ha dado una literatura tan poderosa como la de otras regiones del país. Se trata de la región que ha dado el libro que encabezó la literatura moderna de los Estados Unidos: Winesburg, Ohio (1919) de Sherwood Anderson, texto bisagra entre los grandes padres –Melville, Hawthorne, Thoreau, Whitman– y los nombres fundacionales de Hemingway, Faulkner, Thomas Wolfe y F. S. Fitzgerald. Durante mucho tiempo, Winesburg, Ohio fue considerado un libro de cuentos; ahora los críticos prefieren reconocerlo por lo que es, una novela atomizada o, como define Luis Chitarroni en el prólogo de la nueva edición que acaba de publicar Eterna Cadencia, “una de las primeras narraciones fragmentarias”. A esta edición de Eterna Cadencia hay que agregarle la notable traducción de Natalia Moret. Winesburg, Ohio está libre de derechos y en 2010 había aparecido la edición de Acantilado con una también muy buena traducción de Miguel Temprano García, pero ésta tiene las muchas ventajas de lo local, desde la ausencia de ciertos giros castizos enojosos hasta, cuestión no menor, el precio.
Con su preámbulo activo (o “hall distribuidor”, dice Chitarroni), recurso técnico que luego sería usado por, entre otros, Ray Bradbury en Crónicas marcianas, en Winesburg, Ohio, Anderson recorre las vidas entrecruzadas de los habitantes del pueblo con el joven periodista George Willard como hilo conductor, un chico que empezará el libro como testigo de historias y ocasional escucha de las vidas ajenas y terminará, una vez muerta su madre, partiendo de Winesburg hacia el futuro (un movimiento muy propio de la narrativa del Medio Oeste, que a lo mejor debe su reputación a esa condición de ser el lugar de origen que debe dejarse atrás).
Winesburg, Ohio posiblemente tenga su origen e influencia directa en la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, publicada apenas algunos años antes, en 1915. Lee Masters era también de la región: nació en Kansas y trabajó casi toda su vida en Chicago. Anderson nació en Candem, Ohio, y pasó muchos años de su vida como hombre de negocios en el pueblo de Elyria y en Chicago, hasta que no soportó más esa vida y decidió dedicarse a la literatura y al periodismo. Su registro de “el hombre común”, su preferencia por el paisaje y la psicología por sobre la trama y el efecto de una prosa llana, despojada, de cronista, con momentos de intensidad lírica, cambiaron la literatura: en el futuro, la galería de personajes, el pueblo como microcosmos y el testigo que lo cuenta serían reinventados por Yonknapatawpha, Comala, Macondo, Santa María.
De los muchos personajes clásicos de este libro hay varios inolvidables: Wing Biddlebaum, el ex maestro acusado de abusar de chicos; el reverendo Curtis Hartmann, que espía a su vecina, la maestra que fuma desnuda y cree ver en la mujer un signo de Dios; el muy serio Seth Richmond, el misógino Wash Williams, el fanático religioso Jesse Bentley, que en su relato “Piedad. Una historia en cuatro partes” cuenta, también, los grandes cambios que la industrialización trajo a la región. Pero el más inolvidable es Alice Hindman, la protagonista de “Aventura”, la chica que espera al novio que no vuelve y una noche sale a correr por las calles, desnuda. Cuando vuelve a su casa y se mete en la cama, Alice “trató de afrontar con dignidad la idea de que mucha gente debe vivir y morir sola”.
La chica de Nueva Inglaterra. Sherwood Anderson Nórdica 223 páginas
“Aventura” es una palabra que se repite en Winesburg, Ohio; es una palabra que vuelve a aparecer en los relatos inéditos en castellano de La chica de Nueva Inglaterra (Nórdica), una colección de relatos tomada casi en su totalidad de The Triumph of the Egg (1921); de hecho, las únicas modificaciones respecto de este libro son dos relatos eliminados, “The Dumb Man” y “The Man with the Trumpet”. Anderson no volvió a tener un éxito como el de Winesburg, Ohio (su novela The Dark Laughter, de 1925, vendió mucho, pero hoy nadie la lee) y ninguno de sus otros libros fue rescatado por los lectores o los críticos. Quizá sea tiempo de revisitar a Sherwood Anderson: en La chica de Nueva Inglaterra hay relatos impresionantes. Uno de ellos es “Quiero saber por qué”, famoso porque Richard Ford dijo que le había disparado su vocación literaria a los 19 años y agregó: “Es el mejor relato que he leído en mi vida a propósito del universo de los caballos, mejor incluso que los del propio Faulkner”. “Quiero saber por qué” está contado en primera persona por un adolescente que ama a los caballos y va a la mítica carrera de Saratoga, en Kentucky, al sur de Ohio. Ahí conoce al entrenador de su caballo favorito y cree tener una conexión con él: la pureza de la relación entre el coach y el animal lo lleva a una epifanía. Una epifanía que será destrozada cuando siga al entrenador hasta un burdel y lo vea degradado y fanfarrón. Y entonces: “En las pistas, el aire ya no es el mismo, ya no huele tan bien, ese lugar ha perdido su encanto”. La aventura termina en desencanto y aparece el otro gran tema de Anderson, junto con la soledad y la inquietud: la pureza. O, mejor dicho, la dualidad de pureza y bajeza. “La chica de Nueva Inglaterra”, el cuento del título, recuerda a Alice y su “aventura”: la chica, Elsie, también termina desnuda, bajo una tormenta, en medio de un maizal en Iowa, preguntándose si la vida sólo tiene para ofrecerle una casa campesina, sus primos medio brutos, la soltería en el campo. “El huevo” es el relato que más recuerda a los hombres rotos de Winesburg, con un chico que cuenta los fracasos de su padre, un mal comerciante que cae en esfuerzos patéticos por levantar su triste restorán de ruta.
Winesburg, Ohio. Sherwood Anderson Eterna Cadencia 252 páginas
Hay un centro de silencio en estos personajes, en este paisaje, en estos relatos. En “Hermanos”, un relato episódico sobre el contraste del pueblo y la ciudad, Anderson dice que de la boca de un hombre sale “la historia de la soledad humana, el esfuerzo por atrapar la belleza inalcanzable”. Todos los personajes de Anderson, incluso los derrotados, están vencidos después de un enorme esfuerzo: la búsqueda de eso que llama vagamente “aventura”, que toma muchas formas (el deseo del amor, la felicidad, el progreso, la notoriedad y que rara vez, si alguna, se consigue). La chica de Nueva Inglaterra no tiene la forma admirable de Winesburg, Ohio, aunque hay aquí cuentos impresionantes, llenos de una tristeza sin nombre, pero de enorme e inabarcable presencia, como la región donde estos hombres y mujeres viven, y que los habita.

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