martes, 26 de noviembre de 2013

"Genios destrozados. Vidas de artistas" de Daniel Guebel (Eterna Cadencia).


• Daniel Guebel nos atrapa con su impecable juego de piezas de relojería en el que un momento en la vida de estos "genios", a veces como epifanía y otras como catástrofe, determina su vínculo con la creación y lo creado y su pase o no a la inmortalidad.
• Estos treinta y tres relatos plantean cómo se relacionan las vidas de los artistas, los hechos de su privacidad, sus afectos, sus pérdidas, sus frustraciones, sus condiciones de existencia, con la instancia de creación.
• Un artista siempre vive múltiples existencias: entre la esfera de lo privado y la de la creación, las peripecias que rodean el acto creativo, muchas veces determinan el destino de una obra de arte, su trascendencia, su inscripción en la historia del arte y de la humanidad.

144 págs.
ISBN 978-987-712-011-0
14 x 22 cm.

Picasso, Braque, Rembrandt, Hals, Duchamp, Whistler, Gruskin, Greco, Giacometti, Rothko, Petrov, Manfronio, Furusake, Ferri, Fontana, Varela, son algunos de los nombres que, afantasmados o reales, aparecen en las treinta y tres historias de Genios destrozados.

Nuevo desprendimiento de su mítica novela inédita El absoluto, estos cuentos de Daniel Guebel se proponen como una fragmentaria historia universal del arte, una colección de biografías trágicas y cómicas que revelan, con imperturbable estilo sereno, los modos en que los creadores van siendo devorados por sus obras.

Un libro donde se lucen una vez más las dotes de narrador de Guebel junto a una audaz combinación de preciosismo, lucidez e ingenio.

Biografía
Daniel Guebel nació en Buenos Aires en 1956. Escritor, guionista de cine y dramaturgo, periodista y editor, ha publicado las novelas La perla del emperador (por la que obtuvo el Premio Emecé y el Segundo Premio Municipal de Literatura), Matilde, El terrorista, Nina, El perseguido, Los Elementales,
Carrera y Fracassi, La vida por Perón, El día feliz de Charlie Feiling (en coautoría con Sergio Bizzio), Derrumbe, Mis escritores muertos, Ella, El caso Voynich (Eterna Cadencia, 2010), entre otras. En teatro, publicó Dos obras ordinarias (en coautoría con Sergio Bizzio), Tres obras para desesperar y Adiós Mein Führer. Asimismo, es autor de dos volúmenes de relatos: El ser querido y Los padres de Sherezade (Eterna Cadencia, 2009). Actualmente, se desempeña como editor freelance de libros de investigación periodística y como coordinador de talleres literarios.Uno de los escritores centrales en el campo literario argentino.

Nota de Silvina Friera sobre "El abrigo de Proust", de Lorenza Foschini (Editorial Impedimenta)





DOMINGO, 24 DE NOVIEMBRE DE 2013 LITERATURA › EL LIBRO EL ABRIGO DE PROUST, DE LORENZA FOSCHINI PUBLICADO POR IMPEDIMENTA, VA EN BUSCA DE JACQUES GUERIN

Una pesquisa literaria con el fin de recuperar el tiempo perdido
La narradora y periodista italiana rastrea el itinerario del bibliófilo que consagró su vida a coleccionar originales, anécdotas y objetos del autor francés. A través de este recorrido se encuentra con la historia de incomprensión familiar que acompañó a Marcel Proust.
Por Silvina Friera

Un pedacito de papel minúsculo, ocho palabras escritas con mano trémula: “¿Por qué se escucha el timbre desde aquí?”. Una cama de latón, cubierta de polvo. Un sobretodo de piel de nutria carcomido, inservible. Un escritorio y una biblioteca acaso de gusto dudoso. Hay pertenencias que pueden desatar una devoción inaudita: el culto del fetichista que percibe en esa constelación íntima –descartable y residual para otros– que los objetos vibran con una vida interior y misteriosa, como si flotaran en un espacio fuera del tiempo. Como señala el escritor y traductor Hugo Beccacece en el postfacio de una pesquisa literaria-arqueológica formidable como es El abrigo de Proust de la narradora y periodista italiana Lorenza Foschini (publicado por la editorial Impedimenta), Jacques Guérin, el bibliófilo que consagró su larga existencia a coleccionar los originales, las anécdotas y los preciados objetos de uno de los escritores que más amaba, creó “la ilusión casi perfecta de que la vida de Proust continuaba”. Ese obstinado “salvador” logró evitar la destrucción de los cuadernos de En busca del tiempo perdido, cartas, borradores y varias fotografías del novelista francés que estuvieron a punto de ser quemados por su temerosa cuñada. Y hasta pudo reconstruir la habitación en la que escribió aquella obra monumental, que hoy se exhibe en el Museo Carnavalet.
Foschini entrevistó a Piero Tosi, diseñador de vestuario que trabajó codo a codo durante años con el célebre cineasta Luchino Visconti. La escritora y periodista, que ha traducido diversos inéditos de Proust junto con Daria Galateria, publicados con el título Ritorno a Guermantes, no pudo resistir la tentación de preguntarle por un proyecto que no se pudo concretar: Visconti le había encomendado a Tosi, a comienzos de la década del ’70, que viajara a París para preparar el rodaje de una adaptación de En busca del tiempo perdido. Mientras buscaba locaciones, se ponía en contacto con una sobrina del escritor y con varios aristócratas que habían conocido a los modelos que inspiraron a ciertos personajes de la Recherche, alguien le mencionó el nombre de un coleccionista de manuscritos de Proust, propietario de la fábrica de perfumes D’Orsay. Tosi lo fue a visitar y escuchó la “extraordinaria historia” de cómo una enfermedad que había sufrido, un súbito ataque de apendicitis, permitió que se cruzara en su camino el prestigioso cirujano Robert Proust, hermano del escritor, en 1929. El paciente, ya recuperado, visitaría la casa del médico para contemplar algunos de los cuadernos de su novelista preferido. El fervor por los objetos del genial narrador francés crecería hasta convertirse en una monumental obsesión.

La verdadera pasión de Jacques Guérin (1902-2000) era los libros bellos, los originales preciosos, las cartas manuscritas. Tenía apenas 18 años cuando hizo su primera compra, una rara edición original de L’hérésiarque, de Guillaume Apollinaire. Un día de 1935, curioseando en una librería de anticuario en la que no había reparado antes, el librero, que se llamaba Lefebvre, le comentó que acababa de comprar unos brouillons, una pruebas corregidas a mano, y unas cartas de Proust, escritas de su puño y letra. El hombre que se los había vendido le ofreció también la biblioteca y el escritorio de Proust, pero el anticuario sólo se ocupaba de libros y papeles. Pronto regresaría en busca de su cheque y Guérin, detective agazapado, lo esperaría. Mientras tanto volvería a rememorar aquella primera visita a la casa de Robert, cuando el médico, consciente de la admiración que su paciente sentía por la obra de su hermano, le indicó una pila de cuadernos, amontonados en aparente desorden: nada menos que la obra completa que Proust escribió a lo largo de interminables noches insomnes. Guérin le preguntó si no tenía la primera edición de Por el camino de Swann, editada por Grasset y pagada por el autor porque ningún editor quería publicársela. “No tengo eso que usted me pide”, le contestó levemente fastidiado.

La persistencia con la que buscó cuanta reliquia pudiera ser salvada del fuego y la furia de Marthe Dubois-Amiot, la viuda de Robert, le permitió al coleccionista hallar auténticas joyas, desde diversas cartas dirigidas a Jean Cocteau, versos escritos para uno de sus amores, Reynaldo Hahn, otra carta que había mandado a su abuelo en la que se quejaba amargamente de su fracaso en un burdel, adonde había sido enviado por su padre “para que se le quitaran esas tonterías”, diversas fotografías de él y su hermano cuando eran niños, hasta la anhelada y negada (por Robert) primera edición de Por el camino de Swann, desencuadernada y destrozada. Aunque el ejemplar daba pena, estaba intacta la dedicatoria, escrita con la letra angulosa e irregular de Marcel: “A mi hermanito, en memoria del tiempo perdido, recuperado por un instante cada vez que estamos juntos”.

Foschini reconstruye la pesquisa como si hubiera podido hablar con cada uno de los protagonistas, cuando la principal fuente del libro es el escritor Carlo Jansiti, proustiano como la autora. El coleccionista empecinado consiguió diversos objetos de Proust, entre ellos su cama de latón con su colcha de satén azul en la que había dormido desde los dieciséis años, en la que había escrito la mayor parte de su obra y en la que murió el 18 de noviembre de 1922. También rescató unos candelabros, un retrato al óleo del padre de Proust, un bastón de paseo y el abrigo forrado con piel de nutria que llevó muchos años y que ya estaba más que ajado cuando lo tuvo en sus manos.

Guérin, reputado bibliófilo, pronto devino mecenas. Ayudó a Jean Genet y hasta le dedicó un perfume, Divine, inspirado en la figura y el nombre del travesti de Nuestra Señora de las Flores. Genet retribuyó ese espaldarazo dedicándole su novela Querelle de Brest: “No puedo expresarle mejor mi gratitud que con la alegría que me produce conocer a un lector para el que el fetichismo constituye una religión”. “Son muy diversas las ‘religiones’ del lector y la del coleccionista –subraya Foschini a Página/12–. El lector, como me sucedió a mí leyendo a Proust por primera vez, queda fascinado, captado, transformado por una lectura que puede marcar definitivamente su vida. Paradójicamente, el coleccionista no se preocupa demasiado por lo que está escrito en un libro, sino por el objeto en sí: la encuadernación, la primera edición, las poquísimas copias que hay en circulación, la historia de a quiénes han pertenecido, etcétera. Me inclino a pensar que detrás de cada coleccionista está oculta, como en el caso de Guérin, una historia de abandono y soledad durante la infancia. Y es como si obteniendo y poseyendo esos libros raros, el coleccionista consiguiera también un poco de amor.”

El “personaje” más inquietante y antipático de El abrigo de Proust probablemente sea la cuñada del escritor, que nunca leyó una página de la Recherche y que proclamaba que en sus libros escribía “sólo mentiras”. “Marthe, la cuñada de Proust, representa las características más mezquinas” y restringidas de la mentalidad pequeño-burguesa, como el terror por todo lo que le parece inconveniente, el horror por lo diverso –plantea Foschini–. Siente gran desconfianza por una cultura que abra la mente y proponga nuevos escenarios a los totalmente conocidos. La sola idea de hojear un libro del cuñado debía darle miedo por todo lo escabroso que podría haber escrito, y el miedo es un sentimiento que supera incluso la curiosidad. El punto central de esta desconfianza es la homosexualidad. La homosexualidad de Proust se cierne sobre esta historia familiar como una amenaza a su estatus y a su respetabilidad. Incluso ahora sufro al pensar en lo solo que se sintió este genio al interior de su familia. Los padres de Marcel, tan cultos y dedicados con su hijo, en realidad nunca lo han comprendido y lo han hecho sentir, involuntariamente, un fracasado. Su hermano Robert, por el contrario, representaba la realización de todo lo que un padre puede desear. Ejerció su misma profesión de médico, era un bon vivant que amaba a las mujeres, un buen deportista. Un ‘hombre verdadero’, a su entender.”

Foschini (Nápoles, 1950) es autora de Misteri di fine milenio, por el que obtuvo el premio Scanno. Tenía 18 años cuando descubrió al escritor francés. “Me estaba hospedando en la casa de unos amigos en Nápoles, mi ciudad natal, a la que dejé por seguir a mi familia a Roma. Una noche no me podía dormir y entre los varios libros que había en la habitación de huéspedes encontré una edición de bolsillo con el título Un amor de Swann. Era la segunda parte del primer volumen de la Recherche, Por el camino de Swann. Pasé toda la noche leyéndolo –recuerda–. Es, para mí, la más bella historia de amor jamás escrita, porque allí está todo: los celos, la ternura, la pasión, la incomprensión, el dolor y también, y esto es profundamente proustiano, la idea de que el fin de un amor llega cuando podemos finalmente estar con la persona amada. Para Proust el amor es ‘enamoramiento’, un sentimiento que precede y sustituye al amor y que termina cuando el objeto de nuestro amor no tiene más secretos para nosotros. En ese momento, el encanto del misterio se agota y se rompe el hechizo. Desde entonces, jamás dejé de leer a Proust.”

Ocho años antes de su muerte, uno de los bibliófilos más importantes de Francia, que poseía una de las bibliotecas mejor surtidas de su tiempo, empezó a vender su colección. El 20 de mayo de 1992, en el salón La Paix del hotel George V de París, se subastaron diversos manuscritos y ediciones originales de autores como Baudelaire, Apollinaire, Picasso, Genet, Rimbaud y Proust, entre otros. Se vendieron por cifras exorbitantes cartas, borradores y fotografías que Guérin había rescatado de la probable hoguera y furia de Marthe, la viuda de Robert. “Ese hombre, tan apegado a los propias ‘conquistas’, a los papeles salvados con tanta tenacidad (...) tuvo escondidos durante más de medio siglo sus tesoros, que sólo entonces salieron a la luz”, revela Foschini hacia el final del libro.

“A Guérin no le gustaba ser considerado un coleccionista; prefería definirse como un ‘salvador’ –aclara Foschini–. No tuve la posibilidad de conocerlo, pero creo que la posesión secreta de los tesoros ocultos es una característica de los verdaderos coleccionistas. En una rara entrevista Guérin se comparó con las siete esposas de Barba Azul, a las que mantenía encerradas en el sótano, escondidas. El verdadero amor no se comparte con nadie”, afirma Foschini. Nada se sabe de quiénes custodian hoy los dibujos y los manuscritos proustianos, pagados a precio de oro.

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Nota en Radar Libros sobre "Los habitantes del bosque", de Thomas Hardy (Editorial Impedimenta).



LOS ÁRBOLES MUEREN DE PIE
Considerado uno de los mejores escritores ingleses de la segunda mitad del siglo XIX, la actualidad de Thomas Hardy está sin embargo lejos del clasicismo. Si su osada novela Tess había conmovido al público de los ’70 con la versión cinematográfica de Roman Polanski, en los últimos tiempos apareció como la inspiradora del fenómeno global de Cincuenta sombras de Grey. Escritor enfrentado a la moral victoriana y a toda forma de represión, la publicación por primera vez en castellano de Los habitantes del bosque permite apreciarlo en su faceta más madura, prefigurando varios aspectos del freudismo, sobre todo en cuanto a la capacidad de penetración en la conciencia femenina.
Por Laura Galarza


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viernes, 22 de noviembre de 2013

Nota sobre "Los estratos", de Juan Cárdenas (Periférica).

 

NOVELA
Juan Cárdenas y una Latinoamérica que escapa a los estereotipos

El colombiano Juan Cárdenas presentó su novela "Los estratos", donde desarrolla "un relato de sanación", asegura, que se contrapone a la literatura estereotipada y repetida que aborda a América Latina desde lo apocalíptico o la celebración banal de su exotismo.

Un hombre busca desesperadamente a su niñera, obsesionado por reconstruir un recuerdo de infancia mientras su matrimonio se desmorona en una peripecia que incluye a su ex psiquiatra y un peculiar detective, que a Cárdenas le sirven para reflexionar sobre la forma en que se construyen los relatos -personales, históricos, políticos, sociales- y el vínculo entre la experiencia íntima y lo colectivo.

Cárdenas deconstruye convenciones y reconstruye Latinoamérica mediante la palabra, sin intelectualizaciones, a través de un relato coral y variaciones en el lenguaje de los personajes que ponen de manifiesto las formas previsibles de entender toda una cultura, desde adentro y fuera del continente, para luego "sanar".

"Ella no, ella hablaba y hablaba con un lenguaje que traía de otro barrio, me echaba todo su subdesarrollo en la cara y decía papi, apretame fuerte, papito, quebrame, papi, que esto es para que vos lo rompas", se lee en uno de los pasajes del libro publicado por Periférica.

A la hora de referirse a la novela que lo trajo a Buenos Aires, "sí -dice Cárdenas- el relato del relato, espera"; con 35 años es uno de los autores jóvenes latinoamericanos con mayor proyección del momento y cuenta en su haber con el libro de cuentos "Carreras delictivas" y la novela "Zumbido".

"La literatura moderna está llena de libros que cuentan cómo a un tipo se le va la vida al demonio, se destruye la vida de un ser humano, esa cosa sobre la construcción de la subjetividad y al mismo tiempo su destrucción; quise hacer lo contrario, contar el relato de cómo un tipo se sana", explica en diálogo con Télam.

El nombre de esta obra, "Los estratos", corresponde a la estructura social por capas oficializada en Colombia, algo que "comienza en los 90 al calor del auge del neoliberalismo en América Latina, con una buena intención estatal en un intento de redistribución que se convirtió en todo lo contrario", explica Cárdenas en diálogo con Télam.

"El Estado organizó a la gente en estratos que se solidificaron y se convirtieron en un marcador absoluto de castas, de hecho -advierte-, el origen mismo de la violencia en Colombia está en la desigualdad social y el sistema de castas; es el gran fenómeno más allá de los factores -históricos, sociales, culturales, coloniales- que influyen para explicar esa desigualdad".

Luego, continúa, "quería narrar la experiencia de un tipo de clase alta, privilegiada, a quien comienza a deshilachársele su realidad cuando nota que está construida de apariencias" y para reconfigurarse "emprende un viaje interior que se convierte a su vez en un viaje social", que lo lleva desde la ciudad a la selva.

El libro arranca con un ejercicio de memoria, con ese hombre que no tiene nombre -nada tiene nombre en la novela, ni las calles, ni las ciudades, ni las personas- que a partir de un recuerdo empieza a hilar su propia biografía y "nota cómo él mismo en su biografía y hasta en su propio cuerpo está completamente atravesado por esa estratificación", señala el autor.

El protagonista "logra hacer una especie de corte transversal y crear un mecanismo de fuga en esa estructura, que al mismo tiempo es una renuncia al aparato de deseo en el que está montado todo el entramado social que interpela a muchos sitios latinoamericanos donde se replica".

Y su fuga "no es simplemente un escape -advierte-, siempre hay una negociación con aquello de lo que el narrador se fuga, que es esa construcción social y del deseo del turbo capitalismo cínico, un clásico latinoamericano".

Se trata, a su entender, de "esa cosa como arribista, eso de meter al niño en el colegio privado y no en el público porque quieres parecer, trata de qué terminás deseando cuando te han construido todo un aparato sensorial para que desees eso; me interesaba primero mostrarlo y luego encontrar un mecanismo, más que de salvación, de disección", se corrige.

En este trabajo "hay sobre todo mucha literatura argentina -asevera Cárdenas-, mucho diálogo directo especialmente con Antonio Di Benedetto, cuyo tratamiento del lenguaje aparentemente frío, limpio y manso oculta trucos semánticos muy sutiles de rupturas y  desviaciones y establece una dialéctica entre un aspecto sobrio y un fondo barroco".

Así es que el cuerpo del texto va siendo intervenido constantemente por voces que Cárdenas intercala como ruido de fondo, "es como abrir la ventana y escuchar la voces que entran, sintonizar varias radios juntas", concluye sobre esta historia que trata de eso, escuchar otros relatos válidos sobre una misma realidad.

NOTA COMPLETA

jueves, 21 de noviembre de 2013

Reseña por Laura Cardona sobre "Una muchacha tan bella" de Julián López (Eterna Cadencia)

Cifra materna

Una muchacha muy bella, de Julián López, es una memoria personal que gira poéticamente alrededor de la ausencia

En un aspecto, la infancia no deja de ser una representación de los adultos. Parte ineludible de cualquier proyecto autobiográfico, también es tema de relatos con niños como protagonistas. Reales o ficcionales, los recuerdos de la infancia suelen participar de un plan de rescate, de búsqueda personal; tienden a justificar, a veces, la vida futura; intentan comprender el pasado para abrir el futuro. Justamente éste es el deseo que guía al narrador de Una muchacha muy bella , la preciosa ópera prima de Julián López: darse una historia que otorgue un sentido sincero a su existencia, por primera vez. Hijo de una desaparecida, se propone una memoria personal y se consagra con fruición a delinear el retrato de su madre, a recuperarla a través de un discurso que se instala, desde un principio, en la ausencia.

Una muchacha muy bella no es un texto autobiográfico, aunque su autor haya perdido a su madre a los diez años, porque no fue desaparecida. Sin embargo, la experiencia de la orfandad sí le pertenece y se vuelve materia de un relato conmovedor, narrado por una voz potente, celebratoria, enamorada, a veces indignada, a veces dolida, que comparte con la poesía las ansias de la oralidad. La voz de un adulto que narra el recuerdo de un tramo de su infancia durante los años setenta -sobre todo 1975 y 1976-, los últimos vividos con su madre. La novela está dividida en dos tiempos (pasado y presente), y en la primera parte el narrador construye amorosamente ese vínculo editando fotogramas sueltos para "tener una película magnífica" y perpetuar los ritos y la vida cotidiana de madre e hijo. Una vida en una soledad de a dos, sin padre, con un tío materno por toda referencia familiar y política, y con Elvira, una vecina solterona, amable y anticuada que ha sido cancionista de tango, siempre disponible para prestarles el teléfono, ayudarlos y mimar al niño que es "el amor de su vida". López recrea con detalle la época y su atmósfera a través de las marcas de golosinas, lugares, series de televisión, ciertos hábitos. La reiteración casi mántrica de algunas frases -"Mi madre era una muchacha muy bella", "mi madre me amaba"-, además de reafirmar el vínculo amoroso, instala la gran pregunta: ¿quién era esa muchacha bella? Una madre que le envía a su hijo postales de ciudades extranjeras desde el buzón de la esquina de su casa y luego le hace un pormenorizado relato de aquellos lugares, mientras toman el té y comen budín inglés. Que cada tanto se encierra para llorar o maldecir en el cuarto de servicio del departamento donde viven. Que ama a su hijo y también le hace saber que a veces es un pequeño estorbo. Una madre única, que no estaba allí sólo para él. Pero de eso otro, de lo que ella hacía cuando no estaba con él, nada se cuenta. Apenas se deja entrever, se cifra la información, se conocen los efectos de las acciones. El relato se construye con imágenes intensas que dicen el presente y prefiguran el futuro. La prefiguración lleva en sí la fuerza de la fatalidad y tiene invariablemente la muerte y la derrota del proyecto revolucionario como segundo término. Las metáforas son cada vez más abismadas, porque hablan de la violencia del final. Así, una escalera al mar por la que bajan curiosos madre e hijo se interrumpe de pronto, termina en el vacío: "Baja al precipicio, sin protección, sin señales que advirtieran el peligro". La violencia de la época, la militancia de la madre, la operación en la que no se anima a participar, todo está cifrado, velado. Es el contrapunto desde el cual pensar a la muchacha que queda fuera del relato heroico de los años setenta, devorada "por un conflicto que solo pude comprender muchos años más tarde": una joven tironeada entre el amor a su hijo y a la vida y su deber como militante. Poeta antes que narrador, López revela un denodado amor por las palabras y su Muchacha... es una conmovedora ofrenda. Tras leer la última oración, cuando se cierra el libro, la imagen cesa, pero la visión permanece durante un largo, larguísimo tiempo.

Una muchacha muy bella Julián López Eterna Cadencia 160 páginas.



"Hacerse el muerto", de Andrés Neuman (Páginas de espuma) en Suplemento Cultura de Tiempo Argentino y en Lanata sin filtro




lunes, 18 de noviembre de 2013

Nota a Alexander Theroux, autor de "Los colores primarios", editado en Argentina por La Bestia Equilátera.

El color de lo dicho

Elogiado por John Updike y Norman Mailer, dueño de una obra originalísima en la que se funden el diario, el ensayo y la narrativa, PERFIL dialogó con el poeta y novelista estadounidense Alexander Theroux, quien publica su primer libro en castellano en la Argentina de mano de La Bestia Equilátera.

Por Matias Serra Bradford | 16/11/2013 | 20:28
Sinestesia. Este libro extraño es una exploración literaria sobre el inmenso privilegio de la vista: el color. | Foto: Sarah Son 
 

Se da a conocer a uno de los novelistas más singulares de las últimas décadas en lengua inglesa por medio de un libro de ensayos. No debería resultar extraño ni absurdo. Alexander Theroux es un narrador y un ensayista igualmente notable, impredecible, y en el medio de una de sus ficciones es capaz de intercalar un estudio entero sobre el vicio, la misoginia o el sentido del oído. Lo absurdo y extraño es que su obra –admirada por Anthony Burgess, Robertson Davies y John Updike– tarde tanto en hacer en el mundo exterior lo que ya hizo puertas adentro: tender tentáculos en todas las direcciones. Cada libro de Theroux es distinto del anterior, y cada uno desplaza los límites de la novela, del ensayo o de la crónica de viajes. No obstante, como su héroe Thoreau, el autor de Los colores primarios no desdeña el repliegue. De joven pasó varias temporadas en un monasterio trapense.
De lo religioso no se ha alejado nunca. En un recorrido tan enciclopédico como afable por los colores más puros, Theroux le recuerda al lector que el rojo es castidad y martirio, expiación. El rojo es salsa de tabasco, un viejo colectivo inglés, el dragón apocalíptico, el amor, los cardenales de la Iglesia. El amarillo significa el nimbo de los santos, la llama de una vela, la cobardía, la miel, la orina. El azul, apunta Theroux, es el color más raro de la naturaleza, el único que puede estar tan cerca de la luz como de la oscuridad. Sobre el azul que aplica Raoul Dufy en algunos de sus cuadros, comenta: “Para tomar prestada una frase de la teología medieval, no es un color sino un misterio”. La cascada de referencias y la mera cantidad de nombres aludidos no impide que Los colores primarios adquiera una velocidad, una ligereza y una gracia excepcionales.
Theroux también les dedicó un volumen demencialmente exhaustivo a los colores secundarios. Allí dice del naranja que tiene “un encanto imposible de analizar, que con frecuencia se les niega a otros colores”. Del púrpura sostiene que es un color “severo, a veces histriónicamente piadoso”. Y añade: “Como monaguillo, recuerdo estar viendo una plétora de lenguas púrpuras”. El verde, en cambio, es según él “un mensajero que se anuncia a sí mismo”.
Estos ensayos fueron investigados, montados y publicados antes de la existencia de los actuales –perversamente serviciales– buscadores de internet. Sólo pudieron hacerlos posibles una curiosidad y una tenacidad como las de Theroux, similares a las de Darconville y Eugene Eyestones, protagonistas de sus novelas Darconville’s Cat y Laura Warholic, or The Sexual Intellectual. Pero no se leen como despliegues de erudición espuria sino como frutos de una manía irrefrenable y contagiosa. Para el personaje principal de Laura Warholic, “el conocimiento es en buena parte una esperanza, una forma de plegaria… Adquirir e impartir información era para él un aspecto de la contemplación”.
Los colores primarios está escrito con el espíritu y la devoción de quien se ha pasado la vida garabateando en cuadernos. Ha habido otras maneras en que los colores insistieron en permanecer cerca de Theroux. Su esposa es la pintora Sarah Son. El protagonista de su novela An Adultery es un pintor. Ha escrito sobre el incomparable ilustrador Edward Gorey y sobre el dibujante Al Capp. Al final de una estadía en Estonia que terminaría hallando forma de libro, Alexander Theroux admite algo que transmite la volatilidad y la particularidad de un color entrevisto: “Confieso que siempre adoraré aquello que no va a dejarse ver una segunda vez”.
—Sus libros están solapada y abiertamente conectados. Uno se anticipa o anuncia a otro, o retoma una vieja obsesión. Por poner algunos casos: en su primera novela, “Three Wogs”, se discute de colores y en una escena aparece un estonio. El pintor y profesor de “An Adultery” les pregunta a sus alumnos: “¿cuáles son los colores que ven cuando entrecierran los ojos?”, y siete años después usted respondió a esa pregunta y a muchas otras en “Los colores primarios”.
—Sí, las obsesiones han estado siempre unidas a mis rezos nocturnos, y me temo que sin duda los han complicado. Pero no es que yo haya podido elegirlas. A veces irrumpen con una especie de persistencia que me convence de que estoy siendo presionado. Los temas recurrentes siempre han vivido en mi cabeza. Si miro para atrás, tiendo a sospechar que estaba listo para hablar de esas mismas cosas, de algún modo u otro, en cuarto, quinto o sexto grado.
—Un elemento que conecta toda su obra es su arborescencia léxica, la opulencia de su lenguaje, digámoslo así, tan presente en su ficción como en sus ensayos.
—Y estoy seguro de que en mi poesía también. Estoy definitivamente del lado de las plantas ornamentales. Un sauce tirabuzón, un árbol de Judas, una glicina china, azul, de follaje impetuoso. No puedo negar que adoro el lenguaje, la magia que ofrece. Las palabras mismas, como los postes y las vigas de un granero, permiten una estructura, y me sorprende que tantos escritores no aprovechen los materiales a mano.
—En cierto modo, uno podría leer “Los colores primarios” y “Los colores secundarios” como una historia cubista de la literatura, vista desde un ángulo original, más anárquico, más democrático, con referencias a novelas y poemas conocidos o desconocidos, a las historietas y al rock…
—Honestamente, empecé esos libros con inocencia y con cierto sentido de reverencia, como un ejemplo de la grandeza de Dios, fascinado como estaba por la abundancia, la multiplicidad de los colores, y por dónde y cuándo y de qué manera asombrosa aparecen en el mundo. Son libros de alabanza, si uno los ve de cerca –la gloria iridiscente del rojo, el verde, el azul, el amarillo–, aunque haya escrito también acerca de las connotaciones negativas de los colores, de los innumerables significados que les hemos atribuido.
—Usted dice que el amarillo tiene mil significados, pero de acuerdo con sus exploraciones lo cierto es que todos los colores primarios y secundarios parecen tenerlos, ¿no?
—Es verdad. Pienso algo nuevo acerca de los colores casi todos los días y me sorprendo escribiendo más oraciones acerca de ellos en mi cabeza. Dicen, por ejemplo, que los bebés lloran más en habitaciones pintadas de amarillo.
—Es interesante que no haya recurrido tanto a ejemplos de colores tal como han sido utilizados en el arte; la mayoría de los ejemplos provienen de la literatura, es decir de aquellos colores que han debido ser imaginados…
—Tengo un manuscrito terminado acerca del color negro y otro acerca del blanco, y allí les presto la debida atención a la pintura y al arte. ¿Son colores el blanco y el negro? Muchos críticos insisten en que no. Pero ninguna editorial se ha interesado por estos libros, tal vez son demasiado enciclopédicos, demasiado similares a la Anatomía de la melancolía de Burton. No es ésta una gran época para lectores cultos. El estilo elevado desanima a muchos editores y agentes pusilánimes de la actualidad. Esta es la era del texteo y del tuiteo, ¿no es cierto?
—“Púrpura se dice lilla en el idioma estonio”, escribió en “Los colores secundarios”. Quince años más tarde viajó a Estonia y escribió una crónica en la que intentó captar la elusiva peculiaridad de un lugar, como en otras instancias intentó hacerlo con un color extraño o un personaje irrepetible…
—Quise escribir un libro perspicaz sobre Estonia porque es un lugar fascinante, aunque no sea un país “divertido”. Está lleno de ironías, anomalías e incongruencias. Quise escribir un libro que fuera entretenido y a la vez informativo, dos cosas que no se excluyen mutuamente. Buena parte del libro es satírica, con un humor afable pero mordaz. No es un ataque a un país, tampoco es un tratado para zoquetes que se toman demasiado en serio. ¿Por qué la gente espera que alguien que viaja al extranjero escriba una crónica jubilosa? Al menos los reseñistas así lo pretenden.
—“Estonia” es también un libro sobre el lenguaje, sobre lo traducible. Son cuestiones que retoma en su último libro, “The Grammar of Rock”. En ambos, los momentos de incomprensión y las diatribas furiosas contra el mal uso del lenguaje ocasionan los pasajes más potentes y más hilarantes. En “The Grammar of Rock” confiesa que lo cautivan las letras mal oídas. Uno tiene la impresión de que tanto para las letras como para los colores usted tiende a ahondar en el modo en que se deslizan levemente de lugar y se descentran, para decirlo de alguna manera.
—Apenas les prestamos atención a las letras de las canciones, que pueden ser una forma de lectura. No es un problema importante en la vida, pero está involucrada la cognición y esto está relacionado con todo.
—“Estoy convencido de que hasta cierto punto escribir sobre música es en cierto sentido como danzar a partir de la arquitectura.” ¿Diría lo mismo acerca de escribir sobre arte? ¿Es ésa la razón por la que eligió un ángulo tan poco convencional para redactar sus libros sobre los colores?
—Es más bien acerca de transmitir conocimiento de un modo colorido, si me permite la expresión, un aspecto de la enseñanza. El ángulo no convencional de estos libros sobre los colores me pareció el más justo, haciendo pasar toda la información de una manera poética, porque como puede ver todo es una cuestión de improvisación, se trata menos de ensayos que de solos de jazz. La gente olvida que la escritura tiene algo del mundo del espectáculo, como el de la enseñanza. Mis profesores favoritos fueron una fuente de conocimiento, pero también entretenían, entretenían nuestras mentes, y te llegaban con sus anécdotas, su ingenio, su estilo.
—El pintor y profesor de “An Adultery” comenta de su método que “mis modos en clase eran habitualmente informales y de una despreocupación alerta”. ¿Qué aspecto o aspectos de la literatura halló posible enseñar?
—Una pregunta importante. Aunque suene didáctico, siempre intenté subrayarles a mis estudiantes que la literatura refleja la vida, que es real, que debería elevarte, inquietarte, que importa. Ningún verdadero lector de Los hermanos Karamazov o La guerra y la paz o Ulises o Moby Dick o Grandes esperanzas puede ser otra vez la misma persona que era antes de esa experiencia. Uno no puede conmoverse y seguir siendo el mismo. Esos libros no sirven para nada si uno sigue caminando con la misma luz tenue que tenía antes. Intenté enseñar eso como una verdad central. No hay nada que no importe cuando se sabe eso.
—Como la de sus maestros Browne, Corvo y Firbank, su obra ha oscilado entre lo decorativo y lo vital. En una oportunidad usted escribió que “el artista, al contrario que el apostador de Pushkin, debe estar preparado para sacrificar lo necesario con la esperanza de obtener lo superfluo”. Lo bien escrito, y ni hablar de algo extraordinariamente bien escrito –está autorizado a inferir que hablo de sus libros–, no se lee como superfluo sino como necesario. Aunque no pierda en absoluto la ligereza de su modo, hay una especie de inevitabilidad y de autoridad en algo bellamente dicho, ¿no cree?
—El propósito de la vida es intentar encontrar su significado. Lleva más de una vida, desde luego, pero una vida es todo lo que nos ha sido dado. En esa pesquisa uno debe ser audaz. Aquello que buscamos es lo que poseemos; uno encuentra buscando. Se consigue estando realmente vivos, por medio del estudio, la lectura, los viajes, la plegaria, la reflexión, los museos, la música, los sueños, la meditación, la conversación, la fe y la esperanza y, por supuesto, el contacto humano. La literatura es una gran llave.

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