Escritor bisagra entre los padres fundadores y la
generación de entreguerras de la narrativa norteamericana, Sherwood
Anderson logró crear un universo propio, con personajes representativos
del “hombre medio”, pero siempre aspirando a una fuga aventurera,
ambientado en el Medio Oeste de los Estados Unidos. Una nueva versión de
su clásico Winesburg, Ohio y los cuentos de La chica de Nueva
Inglaterra coinciden felizmente por estos días en las librerías locales.
Por Mariana Enriquez
El
Medio Oeste de los Estados Unidos es una región enorme, poderosa
económicamente y en general poco estimada, como si el corazón del país
fuera monótono, tosco, menos interesante que las dos vistosas costas o
el mitificado sur. El Medio Oeste ocupa doce estados: Illinois, Iowa,
Indiana, Kansas, Michigan, Minnesota, Missouri, Nebraska, Dakota del
Norte, Dakota del Sur, Wisconsin y Ohio. Ahí están las ciudades de
Chicago y Detroit; ahí vivieron los sioux, ahí nacieron Chuck Berry, Bob
Dylan, Michael Jackson, Madonna, Henry Ford; es el rust-belt, el cordón
industrial, y todavía es la región que da vuelta cualquier elección en
Estados Unidos. Aun así, en el imaginario, el Medio Oeste aparece como
una región polvorienta de fábricas, maíz y lagos helados, un lugar de
donde escapar, un punto de partida.
La cuestión de clase tiene que ver con esta poca estima; también, la
falsa idea de que el Medio Oeste no ha dado una literatura tan poderosa
como la de otras regiones del país. Se trata de la región que ha dado
el libro que encabezó la literatura moderna de los Estados Unidos:
Winesburg, Ohio (1919) de Sherwood Anderson, texto bisagra entre los
grandes padres –Melville, Hawthorne, Thoreau, Whitman– y los nombres
fundacionales de Hemingway, Faulkner, Thomas Wolfe y F. S. Fitzgerald.
Durante mucho tiempo, Winesburg, Ohio fue considerado un libro de
cuentos; ahora los críticos prefieren reconocerlo por lo que es, una
novela atomizada o, como define Luis Chitarroni en el prólogo de la
nueva edición que acaba de publicar Eterna Cadencia, “una de las
primeras narraciones fragmentarias”. A esta edición de Eterna Cadencia
hay que agregarle la notable traducción de Natalia Moret. Winesburg,
Ohio está libre de derechos y en 2010 había aparecido la edición de
Acantilado con una también muy buena traducción de Miguel Temprano
García, pero ésta tiene las muchas ventajas de lo local, desde la
ausencia de ciertos giros castizos enojosos hasta, cuestión no menor, el
precio.Con su preámbulo activo (o “hall distribuidor”, dice Chitarroni), recurso técnico que luego sería usado por, entre otros, Ray Bradbury en Crónicas marcianas, en Winesburg, Ohio, Anderson recorre las vidas entrecruzadas de los habitantes del pueblo con el joven periodista George Willard como hilo conductor, un chico que empezará el libro como testigo de historias y ocasional escucha de las vidas ajenas y terminará, una vez muerta su madre, partiendo de Winesburg hacia el futuro (un movimiento muy propio de la narrativa del Medio Oeste, que a lo mejor debe su reputación a esa condición de ser el lugar de origen que debe dejarse atrás).
Winesburg, Ohio posiblemente tenga su origen e influencia directa en la Antología de Spoon River de Edgar Lee Masters, publicada apenas algunos años antes, en 1915. Lee Masters era también de la región: nació en Kansas y trabajó casi toda su vida en Chicago. Anderson nació en Candem, Ohio, y pasó muchos años de su vida como hombre de negocios en el pueblo de Elyria y en Chicago, hasta que no soportó más esa vida y decidió dedicarse a la literatura y al periodismo. Su registro de “el hombre común”, su preferencia por el paisaje y la psicología por sobre la trama y el efecto de una prosa llana, despojada, de cronista, con momentos de intensidad lírica, cambiaron la literatura: en el futuro, la galería de personajes, el pueblo como microcosmos y el testigo que lo cuenta serían reinventados por Yonknapatawpha, Comala, Macondo, Santa María.
De los muchos personajes clásicos de este libro hay varios inolvidables: Wing Biddlebaum, el ex maestro acusado de abusar de chicos; el reverendo Curtis Hartmann, que espía a su vecina, la maestra que fuma desnuda y cree ver en la mujer un signo de Dios; el muy serio Seth Richmond, el misógino Wash Williams, el fanático religioso Jesse Bentley, que en su relato “Piedad. Una historia en cuatro partes” cuenta, también, los grandes cambios que la industrialización trajo a la región. Pero el más inolvidable es Alice Hindman, la protagonista de “Aventura”, la chica que espera al novio que no vuelve y una noche sale a correr por las calles, desnuda. Cuando vuelve a su casa y se mete en la cama, Alice “trató de afrontar con dignidad la idea de que mucha gente debe vivir y morir sola”.


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