Artificios
Dandismo: la actitud como una obra de arte
La
editorial Mardulce publicará próximamente en un solo volumen los libros
por excelencia del estilo dandi surgido en el siglo XIX, debidos a
Honoré de Balzac, Charles Baudelaire y Jules Barbey d'Aurevilly; en la
introducción, de la que anticipamos un fragmento, Alan Pauls disecciona
esa sensibilidad, que poco tiene que ver con la elegancia tradicional

El general Mansilla sabe muy bien de qué habla cuando
dice: "Soy el hombre de mi facha y de mi fecha". Cuerpo y tiempo: he
ahí los dos medios en que se despliega la práctica del dandi. El cuerpo:
la superficie obvia, esa pantalla inmediatamente visible en la que
deben inscribirse los signos distintivos del arte dandi (expresión,
mueca, maquillaje, accesorios, prendas, usos idiosincrásicos de
prendas); el tiempo, en sus dos sentidos: por un lado el presente, único
horizonte concebible, a la vez teatro temporal y materia prima de las
operaciones del dandi (para Baudelaire, el "pintor de la vida moderna"
no es Manet ni Delacroix, por admirables que sean, sino ese
"coleccionista del presente" llamado Constantin Guys, modesto ilustrador
gráfico del Illustrated London News ); por otro, el tiempo como oportunidad, ocasión (esa confabulación específica de variables que los griegos llamaban kairòs
), en la medida en que los golpes del dandi sólo tienen sentido si son
efectivos, y sólo son efectivos si golpean cuando deben golpear, en las
coordenadas de espacio-tiempo que les aseguren justeza, nitidez,
penetración. Combinados, cuerpo y tiempo promueven esa extraña aleación
de autoproducción y relacionalidad que es el dandismo. No hay práctica
dandi que no tome el propio cuerpo por objeto, que no sea un
tratamiento, una estilización, una transformación de sí. Pero esa
autoestetización encuentra su razón de ser cuando interviene en un
escenario (salones, teatros, esfera pública) y una coyuntura que siempre
son sociales e involucran reglas, protocolos, relaciones de fuerza,
toda clase de "otros".
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El dandismo nace inglés a principios del siglo XIX, en
el marco de la monarquía absoluta (que es su matriz y el objeto de sus
impertinencias), pero viaja enseguida a Francia y se refrasea al calor
de la incipiente democracia burguesa. Esos dos marcos (de nacimiento e
implantación) lo determinarán de manera definitiva, asignándole los dos
blancos, las dos
bêtes noires con las que nunca dejará de
encarnizarse: las estructuras severas, segmentadas, de las sociedades
jerarquizadas, y el efecto de uniformidad y devaluación propio de los
procesos democráticos. (El
camp , reencarnación del dandismo en
la era de la cultura de masas, según Susan Sontag, habría resuelto la
segunda fobia, protagonista indiscutible de las luchas culturales de
posguerra.) Pero si la imaginación dandi sigue siendo nuestra
contemporánea es porque pone en tela de juicio tres persistentes credos
culturales: naturaleza, trabajo, utilidad.
Urbano, el dandismo opone a la naturaleza el artificio,
a la espontaneidad la premeditación, al ideal de fluidez el culto de la
intempestividad, el desvío y la interferencia. Es brechtiano
avant la lettre
: desconfía de todo aquello que se da por sentado, que va de suyo, que
"es como es". Cada vez que produce un signo inesperado y sobresalta el
marco en el que irrumpe, el dandi actúa con el mismo espíritu crítico
que Brecht, que recomendaba usar el artificio para desnaturalizar los
artificios sociales naturalizados por el poder, el consenso social, el
sentido común, etc. No reproduce las cosas "como son" (como se imponen
imperceptiblemente); actúa
cómo podrían ser . Su lógica -la lógica brechtiana del
no/sino - es menos la contradicción (el dandismo no es dialéctico) que la torsión adversativa: una especie de
pero , de
sin embargo digresivo, no tan preocupado por obstruir como por derivar, postular una alternativa, incluso delirar.
Sólo que esa objeción es todo menos un esfuerzo. El
statement
dandi es tan instantáneo como fugaz. Es un rapto, un soplo inspirado,
un hallazgo, aun cuando presuponga ingenierías complejas que exigen
planes, orquestación, montajes escrupulosos. Según Barbey, el príncipe
Kaunitz no era un dandi sólo por el matiz exacto y único que lucía su
pelo, sino también, y sobre todo, porque para conseguirlo "atravesaba
todos los días una serie de salones cuyo tamaño y cantidad calculaba de
antemano y se dejaba espolvorear, el tiempo apenas que le llevaba
atravesarlos, por unos
valets armados con borlas". El príncipe
es dandi porque se apuesta entero en ese puro efecto -y el efecto es la
moneda con la que opera el sentido en la escena social-, pero también
por la máquina que hace posible el efecto, verdadero dispositivo
teatral, coreográfico, que todos los días transforma la vida del
príncipe en una obra de arte.
¿Y todo eso para qué? Para nada. Por el placer del
efecto. "Ser un hombre útil siempre me pareció algo repugnante", dice
Baudelaire. Sin duda hay cálculo y táctica en el dandi, pero se trata de
una deliberación sin más allá, sin trascendencia alguna que la
legitime. No hay misión, no hay rentabilidad que justifiquen esos golpes
de teatro. Básicamente porque no hay "producto" (en el dandi hay
inversión y hay gasto, nunca resultados), o más bien porque el único
producto dandi es el efecto: algo que desaparece apenas sucede.
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El dandi no es un profesional, no tiene oficio, no se
ampara en ninguna institución. Es un marginal, categoría lo
suficientemente elástica para incluir sin incomodidad los ladridos
suburbanos de Diógenes Laercio, los desplantes de Brummell en los
círculos mundanos de Londres y las fanfarronadas de Mansilla entre los
indios ranqueles. No es la marginalidad dura y rígida del
outcast
, que irrumpe y divide aguas y establece cortes irreconciliables. Es
una marginalidad lábil, ágil, parasitaria. Su fuerza consiste en ocupar
una franja de frontera, un margen en el borde interior de un espacio ya
existente, dotado de reglas y de formas aceptadas (salón, círculo
mundano, "buena sociedad", código de cortesía, buena educación, moral,
etc.). Es la marginalidad del
amateur , el diletante, el que no
se deja autorizar por nada, por ninguna autoridad trascendente
(maestros, escuelas, instituciones), ni descansa en ningún saber,
ninguna competencia específica, porque lo que tiene para dar es menos un
hacer que una manera de ser, una práctica existencial. Eso que el rock,
alguna vez, llamó
actitud .
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Barbey observa que la palabra
dandyism ,
inglesa -es decir, importada-, se resiste a asimilarse de manera plena a
la lengua francesa. Su carga de particularidad (su originalidad) es
irreductible. No hay manera de traducirla "bien", de manera que no
delate que es traducida; no hay equivalente local que borre su origen
forastero. A lo sumo, dice Barbey, se la puede neologizar. De ahí la
anomalía
Dandysme , con esa mayúscula inicial y esa "y" en el
medio, huella de la hilacha británica. La suerte que corre la palabra en
la lengua extraña ilustra la lógica misma del dandismo, su modo
peculiar de funcionar. El dandismo es producción de distinción siempre,
allí donde esté, vaya donde vaya. Pero lo interesante del caso es que
esa presencia extranjera en Francia no lo era menos ya en su tierra
natal. En Inglaterra, dice Barbey, el dandi ya era el borde alienado de
la britanicidad. De modo que el extrañamiento del dandismo (Brecht otra
vez) no debería reducirse al mero efecto de una deportación. Dandi,
pues, es sinónimo de extranjería, pero de extranjería radical, de esa
inadecuación que se manifiesta ante todo en lo más propio que tiene, su
lugar, su contexto, su propia lengua. Dandi es aquello que está
condenado a ser extranjero. De ahí el parentesco entre las
sensibilidades del dandi y del exiliado, dos desplazados, dos que no
pertenecen, dos artistas de la distancia y el desapego, dos críticos
altamente peligrosos.
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Se asocia a menudo dandismo con elegancia, cuando el
dandi es un monomaníaco empedernido y la vida elegante, como observaba
Balzac, un ejercicio de renovación permanente. Elegancia, además, es una
palabra todavía demasiado vaga, demasiado intoxicada de estupidez y
vulgaridad. Por la famosa corbata blanca de Brummell sólo se babean los
que siguen creyendo que la elegancia es sustancial y tiene algo que ver
con accesorios, objetos, prendas, telas, marcas, celebridades del
diseño. Los trajes de Brummell como hallazgos dandi son tan elegantes (o
tan poco elegantes) como el barril que usa Diógenes para acechar en la
plaza pública o el sobretodo raído de Macedonio Fernández en su pieza
sobrecalefaccionada. Con la elegancia dandi pasa lo mismo que con la
palabra estilo. Se confunde el estilo con la gestión de algún tipo de
bien, de propiedad, de capital -con una riqueza-, cuando en realidad no
es sino la puesta en frecuencia de una serie de valores heterogéneos
(velocidad, sonido, conceptos, perspectiva) en el marco de una situación
-un desafío- determinada.
La elegancia dandi descansa en el uso y la precisión,
fuerzas a menudo presentes en episodios de elegancia no artísticos: una
combinación de ajedrez, una fórmula matemática, un acto de escapismo.
"Sin que hubiera nada recalcado", escribe Virginia
Woolf sobre Brummell, "todo era distinguido, desde su reverencia hasta
su manera de abrir el estuche de rapé, siempre con la mano izquierda."
La elegancia, en los dandis, rara vez descansa en un plus. Le debe menos
al énfasis que a la sobriedad, a la extirpación de todo elemento
superfluo, incluso a cierta imperceptibilidad (el "
conspicuously unconspicuous
" de Brummell). Sobriedad, gran concepto dandi. No la medianía del
miedo, no la timidez del pudor, recatos de los que no dan un paso por
terror a caer en el mal gusto o la inconveniencia: la sobriedad dura,
sin retorno, astringente, radical, de los faquires y los artistas del
hambre que le gustaban a Kafka. Contra el
kitsch del terciopelo
y la suavidad, la elegancia dandi es pura aspereza. No en vano Barbey
evoca que el gran aporte dandi a la cultura del traje fue limarlo, cosa
que hacían con un pedazo de vidrio afilado.
La asociación entre dandismo y moda es histórica y
obvia: pocos soportes de visibilidad tan susceptibles de ser
intervenidos como la ropa, los usos y costumbres, las
toilettes
, los estilos. Ésa es la lengua hecha, recibida, en la que el dandi
descubre y entona su dialecto intraducible. Pero qué torpeza
imperdonable confundir al dandi con el que sabe y juzga, con la
autoridad patética del
arbiter elegantiarum . Las
intervenciones de Brummell (que era burgués y no noble) hacían zozobrar
la etiqueta de la nobleza, pero la ley a la que obedecían (la forma de
vida dandi) era tan arbitraria y extranjera, tan privada, que las volvía
irrecuperables para el código común. Pedían lo imposible (una comunidad
de singularidades), y en ese sentido estaban preñadas del valor crítico
de toda posición utópica, que impugna el estado de cosas existente
postulando una forma de existencia por venir. Pero eran de un
particularismo incomunicable, solitarias, insulares -eso que Mansilla
llamaba "la dificultad": "La persona, el yo, que es causa y efecto a la
vez-, como toda forma de vida que se niega a ceder en su deseo. En ese
idiotismo descansa la dimensión ética del dandismo: es soberano, se
dicta él mismo sus propias condiciones de existencia y es radicalmente
refractario a toda moralidad.
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Y sin embargo hay una comunidad dandi. Es una legión extraña, laxa, de gente circunspecta, tirando a
nerd
, más parecida a la de los vampiros, que sólo se reconocen cuando se
ven, lo que no siempre los regocija, que a la de los militantes, siempre
hermanados por un entusiasmo común, un dogma, un programa de acción, un
más allá trascendente. Como muchas otras cosas que alguna vez fueron
importantes (la idea de práctica radical, por ejemplo, o de "sociedad
mejor", o de "Hombre Nuevo"), el dandismo habría languidecido junto con
su época, estrella admirable pero fugaz, demasiado arraigada en un
estado de sociedad para asegurarse un porvenir, si no se hubiese
convertido en lo que estaba llamado a ser -una "sensibilidad"-, y si esa
sensibilidad no hubiese encontrado asilo en el arte, uno de los pocos
territorios, si no el único, donde el anacronismo menos prometedor es
capaz de activar sus potencias dormidas y hacer chispa con la
contemporaneidad.
La posteridad del dandismo no ha sido exactamente
social. Ha sido social-artística, en la medida en que los descendientes
en los que encarnó como sensibilidad -como forma de vida artística, como
arte de vida- supieron moverse y actuar entre el mundo de la
visibilidad social y el mundo de las prácticas artísticas, poniendo en
tela de juicio los criterios implícitos a partir de los cuales se los
distinguía "naturalmente" como dos mundos independientes. Hay entre
ellos artistas "oficiales", reconocidos como tales por la historia y las
instituciones del arte (Duchamp, Djuna Barnes, Yves Klein, William
Burroughs, Warhol), pero también figuras esquivas, refractarias incluso a
la disciplina que podría acogerlas (Federico Peralta Ramos), y
criaturas todavía más indefinidas, difíciles de clasificar,
para-artistas que pululan en esa franja incierta donde se dan cita
agitadores, provocadores, animadores sociales,
happeners ,
performers , personalidades,
celebrities
... Tan pertinente es hoy la sensibilidad dandi, tan sincronizada está
con la tendencia contemporánea del autodiseño y la autoestetización, que
muchos de los artistas-artistas que la suscriben,
mirados por ella
, con sus ojos, "pierden" su obra, la ponen entre paréntesis, dejan de
necesitarla y pasan a cifrar su "artisticidad" en lo que son, en lo que
hacen con lo que son, en la forma de vida singular que pregonan
autoproduciéndose. Duchamp el anartista ocioso, Warhol inventor de
comunidades sociales... No dejar otra obra que la propia vida, no
practicar otro arte que el de vivir, ¿no es acaso la consigna capital
del programa dandi?
La mayoría de los dandis contemporáneos comparten un mismo
pathos , o más bien la misma falta de
pathos
. Son secos, distantes, desapegados: lo contrario del artista en
trance, pasional, arrebatado por las pulsiones del arte. Legendaria
frialdad de Duchamp, automatismo maquínico de Warhol, presencia ausente
de John Cage... Esa apatía es el
mood correlativo del que sólo
cree en una cosa: el poder de abstenerse, prescindir, decir que no.
Decir que no a una obra, a la materialidad de un legado, pero también a
todo lo que arranque a la forma de vida dandi de su soberanía. En ese
sentido, Bartleby, el escribiente de Melville, sería el dandi supremo, y
su lema -"Preferiría no hacerlo"- la divisa innegociable del dandismo.
Es lo que advierte Francis Jesse, primer biógrafo de Brummell, también
dandi, en la extraña trayectoria de su biografiado: cómo persiste en la
renuncia. Hijo de un secretario de ministro, Brummell podría emprender
el ascenso en la escala social que le está destinado yéndose a
Manchester a hacer una carrera militar, pero llegado el momento desiste.
Podría ganarse la vida explotando su silueta y posando como modelo de
artistas, pero no lo hace. Ahogado por las deudas, podría aliviarse
publicando sus memorias o vendiendo las cartas de amigos conspicuos como
Jorge IV o lord Byron. Una y otra vez decide que no. Ni siquiera
transige con el puesto de cónsul en Caen que unos amigos compasivos le
consiguen en 1829, al que abdica poco después de asumir. En Brummell no
hay lugar para la ambición ni el afán: sólo para la
inactividad consciente
, esa extraña obstinación en la que Baudelaire reconocía la forma de un
nuevo heroísmo y que Musset condenaba al preguntarse: "¿Qué es un dandi
inglés? Un joven que ha aprendido a prescindir del mundo entero". [...]
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